El misterio de los carquiñones
Un día entré en la pastelería Casa Rufino, en Aracena. Me llamó la atención un tipo de pastelillo cuadrado, aparentemente feo, oscuro, extraño en definitiva. La gente iba pidiendo conforme le tocaba turno y casi todos decían -señalando el extraño manjar-
"y dame uno de esos de chocolate"
- No. No son de chocolate, señora, son carquiñones
"Carqui ¿Qué?"
-Recortes, señora
"Ah, ¿Y a qué sabe eso?"
-Arrojan sabor a canela y almendras
"Ah... no, entonces no... Dáme mejor una milhoja y dos palos de nata.
Yo, que no soy muy pastelera (la visita a Casa Rufino era más que nada para llevar un detalle a casa después de un fin de semana en la sierra) me decidí a probar uno.
Ambrosía de dioses. Explosión de canela y almendras en el paladar. Toque justo de dulzor, textura inexplicable (mucho más ricos si se dejan unas horitas en el frigorífico y se compactan más aún), una fina base de hojaldre, finísimas láminas de almendras. Nunca jamás había probado algo tan rico. Y desde entonces, cada vez que vuelvo a Aracena vuelvo a Casa Rufino, hago cola religiosamente y pido mis carquiñones... si los que están delante me dejan alguno. Cuando alguien piensa que son de chocolate y al sacarle de dudas la dependienta mira con cara rara y pasa de largo del ssabroso pastelillo, yo le dejo en su santa ignorancia, que si no me quedo sin.
La única duda que me asalta es ¿Cómo harán para que, con los trozos de masa de otros pasteles, siempre sepan igual?
Supongo que esa es la parte de ciencia que tiene la repostería.